“La verbena de la Paloma” un minucioso trabajo de dirección y talento en observancia

Foto:Julio C. Alcubilla B.Este sainete lírico en prosa, con libreto de Ricardo de la Vega y música de Tomás Bretón se hace presente en la Temporada de Zarzuela 2016.

 

Su estreno mundial se llevó a cabo el 17 de febrero de 1894 en el Teatro Apolo de Madrid, su argumento parte de las fiestas madrileñas en torno al 15 de agosto, cuando se celebra la procesión de la Virgen de la Paloma.

El nutrido reparto venezolano, para esta temporada suma talentos líricos, actorales y de baile: Francisco Morales Quiroga (Julián), Mónica Daniele (Seña Rita), José Rafael Silva (Don Sebastián), Inés Arellano (Casta), Juan Solórzano “La Chiqui” (Tía Antonia), Adolfo Nittoli (tabernero), Norma Monasterio (cantaora), Carlos Jorgez (sereno), bailaoras flamenco del Dansestudios (encabezado por “La Bronce”) y el Estudio Coral Chacao, dirigido por Raúl Delgado Estévez.

Apuntes sobre la dirección y puesta en escena

La dirección musical de Elisa Vegas, es muestra de quien se considera la directora venezolana más virtuosa del momento, coincide nuevamente en este nuevo proyecto con Cayito Aponte y la Orquesta Sinfónica Gran Mariscal de Ayacucho.

Elisa logra a modo de guía, conectarnos con una aventura melódica que nos permite como espectadores, sumergirnos en una experiencia que es capaz de combinar lo tradicional con la actualidad.

Su trabajo es una mezcla equilibrada de pasión y técnica, lo mismo acompaña a las más vibrante virtuosa o virtuoso, que lograr producir emociones con los más respetados coreógrafos o coreógrafas, bailarines o cuerpo de baile.

En particular, la zarzuela demanda un acompañamiento más que tenaz, trascendente, para el cuerpo de baile, porque en ella se sustenta. Sin duda alguna, un encantador acierto el contar con la dirección musical Elisa Vegas.

Miguel Issa en la dirección escénica, por igual logra acercarse a la magistralidad. Su trabajo al situarlo en el paralelo del teatro lírico, revisa la tradición de las formas y maneras del intérprete en el teatro español, aportando una visión formativa en cuadros escénicos, logrando que cada escena alcance un nivel de depuración en el que la teatralidad es un referente y en el caso de Cayito Aponte, Norma Monasterios y Juan Solórzano, logra ser sobresaliente.

Lastimosamente en el resto del elenco, entendiendo que la mayoría del mismo está conformado por cantantes, no tan completos para lograr alcanzar trascendentes latitudes interpretativas, dentro del contexto dramático, lo intentan con esfuerzo. Pero la jocosidad, el acento, los giros expresivos evocadores de esos personajes iconoclastas de la España del siglo XIX, no logran verse claramente.

A muchos les faltó fuerza, entrega o quizás hay falencia en la arquitectura dramática de cada personaje. Aun así, el trabajo de dirección aunque parezca un contrasentido, logra virtuosismo en su concepción o planeación.

Foto:Julio C. Alcubilla B.

Muy acertado en tal sentido, el prólogo representativo del sainete llevado a cabo magistralmente por el actor que comúnmente nos llena de espectacularidad y acertado acento interpretativo, Juan Solórzano “La Chiqui”, quien con elementos de extrema jocosidad, interviene desde el público, desplazándose al escenario, poniendo al espectador en antecedentes de lo que va a acontecer .

Otros aspectos revisables es que la unión dramática entre cuadro y cuadro, al parecer no fue estimada o la intención sea dejarla aislada, a la interpretación del espectador. Porque el ímpetu interpretativo entre un momento dramático y otro, incluso entre un acto y otro, arranca o se inicia con cierta cautela.

Un último aspecto que surge como gran interrogante, es porque se considera más relevante para el director de escena, el trabajo de Juan Solórzano “La Chiqui” (Tía Antonia), en la escena de la “Cantaora”. En el que el cuerpo de baile además logra ser trascendentemente impactante, al igual que el desplazamiento y escena fraguada para Tía Antonia. Obviando el tiempo de La Cantaora (Norma Monasterios), quien ha de cantar el palo más importante, para que sea así la representación de la voz flamenca.

Norma sin duda alguna logra un elevado dramatismo, pero su voz no alcanza la proyección necesaria, pues su ubicación a un costado del escenario es esa escena, hacia adentro del mismo y la falta de un seguidor sobre ella, amén que no existe micrófono individual, opaca su brillo.

Por otro lado, la ambientación de Enrique Berrizbeitia, logra ser poesía rica en plasticidad y cierta conexión con el pasado. La misma se conecta con el elegante diseño de vestuario de Silvia Vidal. Entre tonos hueso, marrón pálido y detalles de rojo intenso, evocadores de los claveles, cortes de inspiración del siglo XIX, definen la línea creativa.

El trabajo en escena de talentos que trasciende

Francisco Morales Quiroga (Julián), cuyo trabajo más acertado es en los medios, su principal valor radica en la musicalidad y temperamento escénico. Es probable que se haya dedicado a contruir y recontruir este personaje de Julián, muchas veces, pues su domino se hace notorio.

Sin embargo nos faltó en ciertos momentos el romanticismo o pasajes melódicos de mayor cercanía. Es decir que su expresión corporal y vocal fuese más convincente, para apreciar a un intérprete de versátiles latitudes y no solo sobresaliente por su técnica musical.

Mónica Daniele (Seña Rita), encantadora en su registro vocal escénico e interpretativo. En muchos momentos nos seduce, en otros nos alimenta con su arte, en algunos la expresión corporal podría haber sido por igual más trascendente.

José Rafael Silva (Don Sebastián): Sus ligeros acordes interpretativos en lo dramático, restan valor a su temple vocal, proyección y potencia. Por momentos alcanzamos valorar en alta sus registros melódicos, lastimosamente estos quedan velados por su timidez.

Cayito Aponte: Considerable esfuerzo del trabajo vocal, su jocosidad interpretativa embriaga y su interpretación nos mantiene a la expectativa.

Foto: Julio C. Alcubilla B.

Inés Arellano (Casta), a su trabajo le ocurre lo mismo, le falta proyección, potencia y dicción.
Adolfo Nittoli (tabernero): Curioso trabajo de Nittoli, en esta función, considerando que hablamos de un connotado intérprete, ganador de varios galardones. Nittoli olvida la jocosidad de su personaje, el acento castizo, o aquel que ha de poseer caracteres peculiares y típicos del lugar.

Sería conveniente considerar que estamos en presencia de un intérprete amable, pero que su presencia escénica, debido a su físico y temperamento, es mucho más notorio. Por consiguiente ha de ser más intérprete y menos intimista, la zarzuela demanda voz, interpretación y temperamento regionalista y demostrativo de una época.

Las bailaoras flamenco del Dansestudios (encabezado por “La Bronce”), mantiene al espectador en un aplauso cerrado. Su corpus dancístico nos enfrenta a emociones y retos al unísono.

El Estudio Coral Chacao, dirigido por Raúl Delgado Estévez, es otro acierto vocal de trascendencia, todos producto de un esfuerzo importante de dedicación, que se traduce en la escena, con acordes melodiosos en trascendencia. Quizás pudiesen ser más completos en su trabajo, si interpretativamente su dramatismo fuese más cuidadoso.

La historia que inspiró el libreto

La verbena de la paloma fue concebida para un solo acto, con tres cuadros, constituyendo una fiel representación de la zarzuela prototípica del género chico o de corta duración.

Ricardo de la Vega escribió el libreto de la verbena de la Paloma a partir de un hecho real que escuchó de labios del propio protagonista. El asunto le pareció interesante y no tuvo más que rodearlo de un ambiente que le fuera propicio.

En esa época el escritor colaboraba en una revista llamada La Gran Vía, como tenía una letra mala y poco legible, muchas veces tenían que enviar al cajista para que le ayudara a descifrar ciertas palabras del escrito de turno, por lo que el joven empleado y el escritor ya se conocían de antiguo y habían entablado una cierta amistad.

En una de esas ocasiones, un 14 de agosto, Ricardo de la Vega notó que el cajista estaba mohíno y con aire preocupado así que le preguntó qué le pasaba. Y el cajista se sinceró con él: “He reñido con mi novia; la he visto junto con su hermana paseando en coche de caballos y dejándose alagar por un viejo verde”.

Lo que debemos conocer antes del espectáculo

La acción sucede en Madrid (1894) en la noche del 14 de agosto, víspera de la festividad de la Virgen de la Paloma. Hace mucho calor y algunas personas salen a la acera de la calle a tomar el fresco: Don Hilarión el boticario junto con su amigo don Sebastián que ha ido a visitarle, se encuentran charlando delante de la botica; en otro espacio también están sentados los porteros de la finca con un niño de meses en los brazos de la madre; en la buñolería se aprecia un gran bullicio; delante de la taberna hay una mesa y tres sillas en las que se sientan el tabernero y dos mozos que juegan al tute.

Un poco retirado está Julián, el joven cajista de imprenta, mohíno y cabizbajo y a su lado la señá Rita, mujer del tabernero y madrina de Julián. Todos estos personajes saldrán a escena también en el cuadro segundo, con excepción de la pareja de porteros.

El espectador puede ir conociéndolos a través de sus diálogos y monólogos unas veces cantados y otras en forma parlante, es decir recitados con acompañamiento musical.

Melódicamente, pudiésemos reconocer que la influencia de Bretón para desarrollar la partitura de la Berbena de la Paloma, con seguridad revisó el siglo XVII, tiempo en el cual existía un enorme legado de la música italiana en España, debido a que llegaron a la corte de España, músicos italianos como Doménico Scarlatti, Boccherini o Farinelli.

Como respuesta a ello, resurge la zarzuela intentando una segunda hegemonía para levantarse contra la existente de la cultura italiana. De esta manera se comienza a componer en español con un enorme auge.

La zarzuela se divide así en género chico, o en zarzuelas de un solo acto, cuyo valor musical se caracterizaba por ser una música fácil, pegadiza, folclórica y popular. Su estructura melódica responde a números hablados, cantados, coros, que se aderezan con escenas cómicas o de contenido sexual, las cuáles generalmente son interpretadas por un dúo, conjuntos musicales y danzas.

En la escena es común ver costumbres, dramas y variaciones regionales, además de jergas populares, tales como los castizos de Madrid.

Los protagonistas suelen ser personajes típicos de la escena madrileña: el fresco, el anarquista, el gandul, el perdonavidas, el aprovechado, la coqueta, el viejo sentencioso.

A pesar de algunas modificaciones, la estructura básica permanece con escenas de diálogos, canciones, coros, escenas cómicas, generalmente interpretadas por actores-cantantes.

Erróneamente se ha considerado a la zarzuela como un género menor, o disminuido de la ópera, cuando en realidad su dificultad vocal e interpretativa es extremadamente difícil y requiere una enorme maestría por parte del intérprete. Basta con considerar que se debe pasar del canto, a la conversación normal en cuestión de segundos, concientizándonos que los músculos que se utilizan en un caso y otro no son los mismos.

Para cantar se recurre a órganos que se relacionan entre sí, tales como el aparato respiratorio, la laringe, las cuerdas vocales, y las llamadas cajas de resonancia que son cavidad nasal, cavidad craneana, cavidad torácica, cavidad bucal y la faringe.

Otro aspecto muy importante a destacar, observado en esta función, es que en algunos de los intérpretes, entre ellos: Amelia Hernández como Susana, Inés Arellano como Casta, José Rafael Silva como Don Sebastián, sus trabajos resultaron comprometidos debido a la buena proyección de la voz. Ese control de la respiración, en la que la respiración diafragmática y la abdominal-intercostal, ha de ser muestra de una técnica depurada.

Entendiendo que la diferencia entre hablar y cantar, demuestra al mismo tiempo el valor de las voces femeninas la soprano (voz aguda), mezzosoprano (voz media) y contralto (voz grave) y de las voces masculinas el tenor (voz aguda), barítono (voz media), bajo (voz grave). En la zarzuela por igual se destacan las tiples cómicas y los tenores cómicos.

Toda la partitura orquestal de la Verbena de la Paloma, en sus números cantados tiene una buena elaboración polifónica, a lo que hay que añadir otros números de tradición de la ópera bufa, como las coplas de don Hilarión.

Foto:Julio C. Alcubilla B.

Se añade además la música nacionalista muy en boga, como las seguidillas del primer y tercer cuadro, los bailes de salón, de moda en aquellos años, como la mazurca y el flamenco de la soleá de la cantaora en el segundo cuadro.

Aspectos relevantes observados en esta función por parte del espectador acucioso, propios de la zarzuela, es en primer lugar ofrecer al cantante poca dificultad en las ornamentaciones, en los agudos y en el fiato.

Generalmente, para esta zarzuela, al igual que en muchas otras la figura principal masculina, es de tesitura barítono, aunque Miguel Issa, director de éste montaje, consideró al tenor Francisco Morales para el rol de Julián.

Por su parte los coros son reducidos y se limitan a las seguidillas que se repiten en la escena final. Al analizar la orquestación se puede decir que está compuesta con tratamiento de influencia italiana, sentido del ritmo y gran elegancia melódica.

Escrito por: Julio C. Alcubilla B. /Noticias24

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